PARTE I

REUNION DE POEMAS

domingo, 12 de febrero de 2012

CELEBRACIÓN A CHACHO MARTINEZ


CHACHO DE LOS MUCHACHOS


Son 10 años, el tiempo transcurrió imperceptible, sin detenerse. Qué maravilloso sería detener el tiempo.
Detener el preciso instante que sonó el teléfono y al otro lado tu voz, esa voz grave que hacía tu poesía más hermosa aún: “Rafo, vente a vivir aquí, estoy en San Borja…, cerca de tu trabajo, vamos, ven a vivir aquí; los libros y las poesía nos esperan”. Fue la última invitación, el teléfono no volvió a sonar más, tu voz se apagó. Era diciembre. Diciembre mes que la soledad hace presa a muchos y la nostalgia invade, como invade ahora recordar tanto tiempo.
Tu cuerpo transitando las calles de Chosica, los pasadizos de La Cantuta; pero sobretodo, recuerdo aquel día que sentado en la mesa de un bar nos dimos un abrazo; frente a nosotros descendía el río, mientras ascendíamos al paraíso fosforescente de tu poesía.
Chacho Martínez, quien años antes había organizado un  inolvidable y concurrido encuentro de poetas y narradores en el Peruano-soviético, hoy estaba a lado de nosotros, cerramos fila, el poeta no se iría más, entonces se oyó el canto de tus versos: “Celebración a Sara Botticelli”, soberbio libro que leí admirado como cuando llegó a mí la  “Botella de mar para  Iskra Oyague”. Y entonces, como ese río que descendía, fluyó  “Cinco razones puras para comprometerse con la huelga”, no había más que decir, solo escucharte leer en esa hermosa noche que el bar abrió sus puertas para tu eterna poesía y las cervezas tenían el color azul de tus versos.
Y así como esa noche hubo tantas otras, la fuerza de tu voz se extendía nítida y sentida   entre las calles y los cerros, los huaynos eran el clamor del corazón y el olvido, nuestros cuerpos solo sombras de fantasmas, resplandeciendo.
“En Chosica los cerros se mueven después de las 5 de la tarde” dijiste alguna vez  señalando la faldas de los cerros, “míralos pasar”, es verdad, los cerros transitan como trenes a las 5 de la tarde.
El sol se encendía en San Fernando, barrio en el que vivías,  también de una forma diferente, ingresaba por la ventana de tu casa para iluminar tus libros tendidos sobre tu cama, ahí resplandecían Malcom Lowry , Tristan Tzara, Artaud, Celine, Luis Hernández, Vallejo, Moro,  Eielson,  tantos más, tus poemas inéditos y la novela que escribías, en ese tiempo, novela que leí en tu vieja pc, novela que un grupo de gente “innombrable” te robó.
Ese solo  que brillaba sobre San Fernando, pudo ser el “Sol de ciegos”  que nombrabas, cuando en el recuerdo fluía tu amigo entrañable Juan Ojeda, sí el de “Elogios de los navegantes”, admirable poeta, que compartió hazañas de poesía y bohemia, que contabas con alegría,  tus ojos tenían otro resplandor, como cuando relatabas el encuentro con Martín Adán, célebre crónica que recibí de tus manos, inédita.
Ese resplandor en tus ojos, se hacían más intensos aun cuando  hablabas de Manuel Agustín, hijo  que veías crecer, y te sorprendían sus palabras y sus juegos.
Luego, presentamos un libro tuyo “El sordo cantar de Lima” en la Feria del libro en Miraflores, allí tus amigos se congregaron una vez más para celebrarte, para celebrar ese juego de palabras que construías infatigablemente.
Las palabras eran un juego que armabas como un niño, y es que tal vez eso eras: un niño con un peinado hecho a prueba de cualquier viento, y el maletín de cuero marrón con motivos peruanos colgado de tus hombros, ibas todas las mañanas a trabajar como un niño va a la escuela, tejiendo en tu huso fabricado de palabras, entonces Mónica, la secretaria de tu oficina,  pasó a ser “Mómica”, los óvalos de las avenidas eran “óvulos”, hoy desearía recordar todas las palabras que te escuché, pero perdóname querido Chacho, la memoria es frágil  y nos traiciona.
Es así, como te convertiste en “Chacho de los muchachos”, nos acompañaste en los recitales y te decías un miembro más de Estación 32, grupo que creamos en La Cantuta a principios de los 90, cuando las balas y las bombas estallaban a nuestros pasos, época que también te aniquiló, pero no hablemos de eso, ahora, porque quiebran los sueños, sueños que ahora deseo me transporten a ese viejo tiempo de palabras a ese viejo río que cruza Chosica con su extraño estruendo oscuro.
No vale, querido  Chacho, remontar al tiempo los momentos no gratos, aquí está el fluir de tu poesía que inunda nuestro corazón como ese viejo tiempo que se perdió, hace 10 años, tus pasos no transitan, tu corazón no late ni tu voz se expande entre los cerros, en el cañón de  Cotahuasi, que decías el más profundo del mundo, como profundo era tu corazón que entregabas, el más profundo del mundo, tu corazón.
El cielo hoy no tiene el color que viste en Canta ni la niebla sobre las calles serán las mismas ni ese río milenario que se abre a nuestros ojos, nada es igual, querido Chacho.
Perdona, aquel diciembre que no pude responder a tu llamado, no sabes cuánto siento no haber podido responder a tiempo,   aquella cita con los libros y la poesía que prometí sería para febrero, mes que no alcancé porque ya no esperarías. Perdona, querido Chacho, por no comprender tu soledad, porque no pude serte compañía, y estoy seguro, que era todo lo que buscabas, finalmente.
 RAFAEL  HIDALGO

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